martes, 17 de agosto de 2010

Mis tiendas de siempre

Cuando era niño (años 60) solía cambiar mis tebeos ya leídos del Capitán Trueno y de Hazañas Bélicas en Casa Paco, al final de la Calle San Lorenzo; y en Casa Amadeo (ya no está), a la vuelta de la esquina en el Coso Bajo.
Por el camino, en la Calle Mayor, me maravillaba ante el escaparate repleto de caramelos de Quiteria Martín.
Durante años, para mí “Quiteria” fue sinónimo de tienda de chucherías. Tardé bastante tiempo en saber que aquel era el nombre de la dueña del comercio.
A veces acompañaba al abuelo Domingo al Mercado Central, donde años atrás había tenido un puesto de frutas y verduras..
Al llegar a la Calle San Gil tenía otro éxtasis laminero-contemplativo ante los exquisitos dulces de Casa Fantoba, igual que me pasa ahora. Entonces sólo los probaba con ocasión de alguna fiesta muy especial. No eran años de caprichos.
Casi enfrente, en el escaparate de la papelería Casa Sabater (ha cambiado de nombre pero no de ramo), recuerdo una fantástica caja de 100 pinturas Faber Castell, a cuyo lado mis Alpino de 12 eran el proletariado del color. Sigo sin saber para qué sirve la blanca...
Continuando por la Calle Méndez Núñez llegaba el ruido permanente del teclear en el Centro Mecanográfico, prehistoria del Word. Enfrente mismo, La Ferretera Aragonesa, donde el abuelo encontraba cualquier pieza para las reparaciones caseras.Hoy como entonces, sigue resultando equívoco que se anuncie la venta de drogas.
Pasábamos luego por la Calle Torrenueva y veía Casa Montal como paradigma de la abundancia, con sus jamones colgantes.
Al final de la calle estaban los Almacenes Sepu ("Quien calcula compra en Sepu" decían una y otra vez los atavoces). Siempre pedía entrar para subir en su escalera mecánica, la primera que hubo en España pues databa de 1936, y la única de la ciudad hasta la llegada de Galerías Preciados. Al lado mismo Almacenes Arias, para todos "Saldos Arias", eran la alternativa más económica al cosmopolita Sepu.
En los soportales de la Plaza de Lanuza, junto al Mercado, el abuelo solía comprar en Casa Gavín semillas que le habían encargado los parientes del pueblo.
A pocos pasos por la Calle del Buen Pastor, entre el Colegio Santo Tomás de Aquino de la familia Labordeta y el Colegio Público de niñas María Díaz, se llegaba a la Plaza del Justicia. Allí estaba El Pequeño Catalán (luego trasladado a la Plaza de Lanuza), donde en septiembre mi madre me compraba una nueva bata del colegio, cuando el doble ya no daba más de sí.
En otras tiendas de la zona, como Casa Sieso y las ya desaparecidas de los porches, se vendían albarcas, alpargatas, albardas, toneles, cántaros, azadas y demás útiles para el campo. Eran paradas obligadas para los visitantes de los pueblos, en particular para los hortelanos que traían sus productos al cercano mercado.
En la Calle Cerdán (hoy César Augusto), que era la calle de las zapaterías, al pasar por la Corsetería La Suprema yo miraba de reojo, con curiosidad infantil primero y malicia preadolescente después, las bragas y sujetadores expuestos.
Ya de regreso al Boterón, nuestro barrio, pasábamos por la Plaza del Pilar y entrábamos al resguardo del Pasaje del Ciclón.
Los almacenes del mismo nombre eran un paraíso de los juguetes donde cogía ideas para la carta de Reyes.
A la salida, me fijaba en el escaparate de Belloso, con los maniquíes luciendo vestimentas litúrgicas. Siempre me chocó que no tuvieran cabeza.
Junto a la Plaza de La Seo, en la Calle San Valero, estaba y está La Flor de la Sierra, donde el abuelo solía tomar un tinto con una sardina, aunque nunca conmigo. Supongo que no le parecería adecuado llevar al nieto a una taberna.
Cerca de allí, en San Gil, Casa Belanche anunciaba: "Aquí las peores gambas a la plancha", precursores de la publicidad epatante.Era costumbre cruzar por el interior de La Seo. En la penumbra eclesial veías a las mujeres con las bolsas de la compra sobre los mármoles catedralicios, a la vuelta del Mercado. Borrajas, pescadillas y barras de pan asomaban envueltas en papel de periódico, bajo la pétrea mirada de ángeles y santos. Entonces no había que pagar para entrar como ahora.
El abuelo Domingo hacía una parada en los bancos del altar mayor pero no para rezar, qué va, sino para leer el Heraldo. Decía que aquel es el mejor asiento de la ciudad: caliente en invierno y fresco en verano. Y sentenciaba: “Donde haya curas siempre se está bien”.
En la Calle Palafox, entrábamos a comprar vino en las bodegas del mismo nombre y pan en el Horno Sevilla. Aún no existía el Mercadona, ni en la imaginación.
Supervivientes a las franquicias y grandes superficies, resistentes frente a la globalización, sigo encontrando algunas de aquellas tiendas, mis tiendas de siempre. Con ellas, parte de mi pasado.

26 comentarios:

  1. Qué maravilla de post!! Que grandes fotos! :)

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  3. Precioso post, da gusto leer estas cosas y recordar mi ciudad aunque sea desde la distancia.

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  4. Querido José María, gracias por recordarme mi propia infancia.
    Me has hecho recordar el Tropikuarium, la primera tienda de animales que conocí. La carnicería de Simón, que no recuerdo bien si era el Entalto o la tienda de submarinismo.
    Y, sobre todo, descubrir que no era tan infrecuente pensar que una "quitería" era un establecimiento lleno de gominolas y juguetes. Siempre me extrañó que los demás no se llamaran así, pero...

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  5. Gracias por este post, me ha recordado a los paseos con mi abuelo, cuando me explicaba los sitios que veíamos.

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  6. ¡Qué maravilla de Post!, lleno de nostalgia. Al menos aún se conservan casi todas esas casas de entonces. Hsce poco estuve de servicio en lo que era el antiguo "Sepu" que ahora es un Simply. Yo aún recuerdo haber estado en el antiguo Sepu. También, entre mis recuerdos, se encuentran unos Juegos Reunidos como los de la fotografía. Pero la foto que más me gusta es la del pasaje Ciclón. Estupenda.

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  7. Evocador, evocador ... Oye y no te acuerdas de la tienda de artículos de broma ¿Cómo se llamaba, La Bola de Oro puede ser? no sé si estaba en la plaza del Justicia o en la de San Felipe ...

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  8. Me alegra mucho que compartamos estos recuerdos. Claro que me acuerdo del Tropicuarium, donde se exhibieron pirañas que alimentaban la fantasía aventurera; y acompañé muchas veces a mi madre a la Carnicería Simón cuya familia tenía amistad con la mía. Seguro que rascando un poco más saldría una larga lista.
    Gracias por vuestros comentarios.

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  9. Me encantan las tiendas como las de las fotos, esas tiendas que entras y huelen a añejo igual que lo que muestran algunas en sus escaparates. Soy joven, pero entrar en una de esas tiendas es como viajar al pasado, pasado que he vivido de refilón, en la época que existían los mercados de barrio donde el tendero saludaba por su nombre al ama de casa que le visitaba a diario

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  10. Muy bueno el post, lleno de sana nostalgia.

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  11. UN post buenisimo, cuantos recuerdos!!!! Me ha gustado especialmente la foto de los juegos reunidos porque los tengo igualitos en el trastero de mi casa jajajaja. Un saludo

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  12. Que de chuches compraria mi madre para mi en Quiqueria Martin!!!!!!!!!!!!!

    Cuando saliamos de paseo casi siempre terminabamos comprando alli.

    Que de recuerdos!!!!!!!!!!!

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  13. Bueno, bueno. Un vecino de mi Boterón y de los años 60.
    Yo nací en la calle Sepulcro en 1956 en donde estuve hasta 1966.
    Maravilloso barrio. un microcosmos del que tengo pocos recuerdos por la edad, pero todos maravillosos.
    Excelente blog y un abrazo

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  14. Ya no vivo en Zaragoza desde hace muchos años. ¿Sigue existiendo "la Infantil", en la calle Pignatelli? Creo que "La Reina de las Tintas" si, ¿No es verdad? Aparte de las que describres, ahi me compraban las chuches y los cuentos.

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  15. Pues siento responder al último comentario que ninguna de esas dos tiendas que nombra existe. "La Reina de las Tintas" aguantó hasta hace poco, pero su edificio está en rehabilitación. Tal vez al término de las obras sea refundada, no sé.

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  16. Me has hecho recordar mi propia infancia en Zaragoza, aunque no son las mismas tiendas las que yo visitaba (por ejemplo los tebeos los cambiaba en el Tubo, no recuerdo el nombre de la tienda, cuando salía de casa de mis abuelos) he recuperado ese sabor nostálgico de aquellos tiempos. Y los escaparates de Fantoba eran espectaculares, aunque a mí me compraban la merienda en Tupinamba (bollo y chocolatina blanca), en la calle Alfonso. Mis primas de Bilbao siempre querían ir al Sepu cuando venían a Zaragoza... Un abrazo y gracias por este paseo por la Zaragoza de los 60.

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  17. Gracias, Puri, por tu comentario también portador de recuerdos. Recuerdo la librería del Tubo donde cambiabas los tebeos, cerca de San Gil, aunque no me viene ahora el nombre. De Tupinamba recuerdo la bollería.
    Un abrazo.

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  18. Enorme dosis de nostalgia me producen la desaparición de estas viejas tiendas y quiterías.
    Porque se nos va con ellas una gran parte de n/recuerdos.
    Lo mismito que pasa con la excesiva informatización de hoy
    Y es que introducir trozos de nosotros mismos en soportes digitales, sean pens o.. pans & cia. da pelín de amargura.
    Sueño a ratos con los papeles que incluía en cajas de zapatos a modo de archivos y eso..! ya es mera historia!.
    Permítaseme dudar sobre la mejoría de lo actual,de la multitud de macro-comercios sin señas de identidad propias, a diferencia de nuestras viejas tiendas y de tanta virtualidad, que llega a encogerme y hasta enfriarme.
    Cosas de la edad será -me digo para finiquitar- o.. quizá no.

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  19. Y la pastelería Lalmolda en la Calle Mendez
    Nuñez?

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  20. También merece estar en la lista. Gracias por recordármela.

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  21. Qué tiempos..... Un detalle sobre el Pequeño Catalán. Antes de estar en la plaza del Justicia, estaba exactamente donde está ahora. Pasaba por allí, caminito de los Escolapios por la calle Escuelas Pías, en cuyo principio estaba la farmacia más impresionante que recuerdo. Y el hombrecico que vendía el regaliz de palo y los gusanos de seda con la morera.
    Gracias por estos recuerdos.

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  22. Y... La Reina de las Tintas, en calle Torrenueva, muy cerca de SEPU

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